Wij werken op volle kracht, er is geen vertraging in productie en levering door het Coronavirus. Meer informatie via deze link.

€ 25,95

ePUB ebook

  € 9,95

PDF ebook

niet beschikbaar

Meer van deze auteur

  • Cover Gran Hotel la Cárcel
    Gran Hotel la Cárcel (ePUB)
  • Cover Grand Hotel de Bajes
    Grand Hotel de Bajes (boek)

Gran Hotel la Cárcel

UNA RESEÑA POR ANDRIES BIK

Andries Bik • Boek • paperback

  • Samenvatting
    ¡¡¡BLAM!!! La puerta de entrada de mi casa revienta y un grupo de detención, armado hasta los dientes, irrumpe en mi casa. Estoy arrestado.

    Al mismo tiempo y por todo el país, unidades especiales de la policía holandesa, y de la Oficina Antifraude y de Defensa, entran en treinta propiedades con más de trescientos agentes. Los burdeles, inmuebles, y almacenes de mi padre, Jan Bik, empresario del mundo erótico holandés, son registrados a fondo. Tanto a él, como a mí, nos acusan de dirigir una organización criminal, fraude, blanquear capital, y falsear documentos. Según ellos, juntos, habríamos estafado a Hacienda por unos 30 millones de euros.

    Soy trasladado a prisión, y mientras, las imágenes más horribles recorren mi cabeza: cuatro tíos en una celda, violencia, abuso sexual en las duchas… Seré el puto de la cárcel y dormiré en el suelo de hormigón. Imagino que trabajaré todos los días hasta que mis manos sangren y que sobreviviré a base de pan y agua.¡No podía haber estado más equivocado! Holanda no tiene prisiones para delincuentes, Holanda reparte habitaciones Todo Incluido.
  • Productinformatie
    Binding : Paperback
    Distributievorm : Boek (print, druk)
    Formaat : 148mm x 210mm
    Aantal pagina's : 314
    Uitgeverij : VANDERBOOKS
    ISBN : 9789464064094
    Datum publicatie : 12-2020
  • Inhoudsopgave
    niet beschikbaar
  • Reviews (0 uit 0 reviews)

€ 25,95

niet beschikbaar

3-5 werkdagen
Veilig betalen Logo
14 dagen bedenktermijn
Delen 

Fragment

DÍA 1
LA DETENCIÓN

Es viernes, son las ocho de la mañana, suena el despertador. Como la mayoría de nosotros, me gustaría tirarlo en un cubo de agua. Pero lamentablemente mi compañero, también mi mejor amigo, Víctor y yo tenemos una cita a las nueve y media con Lavadoras Miele.
Entonces tengo que darme un poco de prisa y me lanzo al despertador. En medio de mi salto de carpa me entra una punzada y me acuerdo del hombro roto que han tenido que recolocar esta semana. Además me lo confirma tocando el despertador. ¡Ay!
Dicho hombro es el resultado de mi comportamiento, zafio a veces. La semana pasada, durante unas vacaciones de snowboard, conseguí no solo romperme el hombro sino además dislocármelo, después de un aterrizaje de mal cronometraje en el halfpipe.
Así que la mañana empezó regular. Pero no fue nada comparado con lo que me esperaba. Después de salir, algo torpe, de la cama, primero me pongo los calzoncillos. Embuto mi brazo en el cabestrillo y bajo para hacer mimos a mis perros y darles algo de comer. Mis tesoros, Dragon y Dice, dos spanieles holandeses, están todavía juntitos en su cesto y les doy un achuchón a ambos.
Tomo un vaso de zumo de naranja natural y pongo queso en dos rebanadas de pan. Bien. Estoy despierto. Subo las escaleras, tambaleando, para cepillarme los dientes y quitar el sabor a rata muerta de mi boca porque todavía noto bien el döner kebab de ayer. Es rico después de tomar una copa en la ciudad, pero la mañana siguiente siempre me arrepiento.
Y mientras estoy quitando tranquilamente los últimos restos de kebab, escucho un estallido atronador contra la puerta de la calle. No un estallido cualquiera, pero como si entrara un camión. Las ventanas y puertas tiemblan. Me muero del susto y no tengo idea qué fue. Dragon y Dice arman un escándalo y ladran como nunca. Luego... ¡Blam! Otra vez, ni un segundo más tarde. Esto no es normal, grita una voz interior. Salgo del baño y miro por el hueco de la escalera hacia la puerta principal. Los perros saltan contra la puerta del pasillo y ladran con todas su fuerzas. Ellos también sienten que algo va muy mal. Se me pasan dos guiones por la cabeza: 1. enseguida se abre la puerta y entrará la mafia yugoslava; o 2. la policía. ¡Blam! Estallido número tres. La puerta de entrada cruje en sus quicios y los espejos casi caen de la pared. Se me cruza por la cabeza que por lo visto hice bien el cambio de la cerradura, tanto les cuesta. Hasta tengo que reírme por pensar algo así en esta situación tan extrema.
Mi cerebro hace horas extras, la adrenalina corre por mis venas.
Si aparecen caras de granuja, optaré por la puerta trasera en mi cuarto de baño para intentar a escapar por el tejado a través del de los vecinos. Si es la policía, será que están equivocados, como siempre.
Al lado de mi casa hay un burdel y en los diez años que vivo aquí ya se han presentado más veces delante de mi puerta. El burdel está en una casa adosada normal y desde fuera no se ve mucha diferencia con la mía. La policía, los bomberos, el ayuntamiento, Extranjería, Inmigración, Hacienda – ‘Hacienda somos todos, también los pesados’ –, vienen de cuando en cuando a controlar el club y a veces se equivocan de puerta.
Estoy esperando el siguiente golpe. Lo que parece ser un segundo, en mi cabeza parecieron minutos. Luego... ¡blam! Aun más fuerte que las veces anteriores. El tiempo parece frenarse, la puerta revienta y siento el golpe por todo mi cuerpo. La puerta se abre y lo primero que veo venir por la entrada es una pistola. Me preparo para huir.
Y justo cuando quiero darme la vuelta, oigo: ¡Policía! ¡Somos la policía! Entra un hombre completamente de negro, chaleco antibalas, seguido por otros seis hombres, cada uno armado. Me doy cuenta que es un grupo de detención y se me cae un peso de encima.
—Estoy aquí, arriba —grito hacia abajo. El grupo mira en alto y veo el asombro en sus ojos cuando me ven en mis calzoncillos, con el cabestrillo y cepillo de dientes en la boca. Soy el primero que rompe el silencio.
—¡Estáis equivocados, Club Jan Bik está al lado!
Uno me tiene a tiro.
—¿Eres Jan-Andries Bik? —grita.
—¿Estáis buscando al padre o al hijo? —pregunto.
—¡Al hijo!
No me queda otra que confirmarlo e inmediatamente me mandan:
—¡Túmbate! ¡En el suelo con las manos en la nuca!
Contesto gritando que me rompí el hombro y que no puedo.
—¿Estás armado?
Miro mi cepillo de dientes y no puedo evitar a preguntar si lo considera un arma.
Veo que se está conteniendo la risa y los señores se dan cuenta de que no esconde peligro ese joven arriba de las escaleras con sus calzoncillos y cepillo de dientes.
Grita que van a subir y que no debo moverme.
—¿Qué diablos está pasando? —pregunto al primer rambo que sube, mientras veo que abajo entran unos cuatro más en semejante atuendo militar.
—Ya te lo contará el fiscal.
Luego me preguntan cosas: tienes armas en casa, drogas, si hay más gente en casa o mucho dinero en efectivo... ¿Algo más que debemos saber?
—No, nada de eso.
Alguien grita algo hacia fuera y entra un hombrecillo endeble con gafas y una pila de papeles en la mano. Pero no viene sin más sino con medio saltitos, como si el hombrecillo acaba de ganar los Juegos Olímpicos y ahora está buscándose el camino al podio brincando.
Trepa las estrechas escaleras empinadas y se presenta como el fiscal de guardia. Don Egbert-Jan Kleijne. Pregunta si soy Jan-Andries Bik hijo. Lo soy. Que si puedo buscar mi pasaporte. Le pregunto si le molesta que primero me ponga un chándal; ya me veo desfilando esposado en calzoncillos, delante de las narices de todos mis vecinos. Seguro la calle está abarrotada de gente porque este escándalo no puede haber pasado desapercibido.
Me permiten dirigir uno de los chicos al armario para que saque un chándal según mis instrucciones. Cuando lo tengo puesto tengo que indicar dónde está mi pasaporte y confirmar que soy el hombre de la foto. Lo soy.
Luego Gafotas me pregunta si sé lo que están haciendo aquí.
Indico que no tengo la más mínima idea, de verdad, y si quizás podría darme explicaciones.
Es el momento que este señor estaba esperando, sus ojos brillan y apenas se contiene para no dar un saltito de alegría. Recoge sus papeles, reajusta sus gafas y empieza.
—Pues, señor Bik, está acusado de unos delitos muy graves.
—A ver qué me cuentan —contesto, incrédulo.
Carraspea.
—Se le acusa de:
Blanqueo (¿qué hay de malo en una camiseta limpia, pienso, pero me callo la boca por si acaso) calificado como deliberado/habitual o culposo;
Falsedad documental;
Participación en una organización criminal, 420 bis/ter/quater, 225 y 140 del Código Penal, y de hacer declaraciones de Hacienda fraudulentas, incorrectas o incompletas por una persona natural o jurídica, artículo 69 de la Ley General Tributaria en relación con el artículo 51 del Código Penal.
Sus ojitos relucientes suben del papel y me miran a través de sus gafitas redondas, ansioso por mi reacción. No tengo idea de qué está hablando este tío y ya no puedo contenerme más.
—De verdad, os estáis equivocando. —Casi me reviento de risa.
No le gustó. Enseguida me ordena a buscar un bolso de viaje y llenarlo con algo de ropa y algunas cosas imprescindibles porque por ahora no volveré a casa.
Y es ahora que caigo en la cuenta de lo que está sucediendo.
—¿Entonces, estoy detenido como si nada? —pregunto a Gafotas.
—Sí, y date prisa porque a las once tengo que estar en otro sitio.
Confundido cojo, junto con uno de los chicos del grupo de detención, algo de ropa interior, tres camisetas, un pantalón y un jersey.
—¿Será suficiente? —pregunta Gafotas.
—Bah, volveré casa antes del almuerzo —contesto lo más seguro posible.
Dragon y Dice no han parado de ladrar en ningún momento. Gafotas pregunta adónde les quiero mandar.
—¿A Scarlett, Evelyn, Bibi, tu hermano?
Estoy atónito. Scarlett es una chica con quien quedo a menudo hace unos años. Con Bibi tuve una relación durante seis años, en esta misma casa, y con quien tuve los perros. Y Evelyn, es mi última ex con quien salí durante seis meses.
¿Cómo saben todo esto?
Digo al fiscal que ahora es él quien tiene la responsabilidad sobre los perros y que le haré responsable por la mínima cosa que les pase.
—Ya llamaremos a Scarlett —se ríe.
—No doy permiso para eso.
Pero a Gafotas no le importa. Veo que está conteniendo una risita maligna. Me cuenta que me van a trasladar a la comisaría y les manda a los señores a escoltarme hacia abajo.
En el pasillo me está esperando un hombre de cuarenta y pico y una mujer de unos treinta y cinco años, ambos en ropa normal. Tienen la chaqueta medio abierta y se ve claramente que debajo llevan arma y esposas. El hombre se presenta como Menno de Oude, cabo e investigador del proyecto, y la señora rubia con pelo rizado como Brenda Wit.
Intuyo que no es del todo casualidad que una mujer rubia y guapa me lleve a la comisaría.
Me dicen que por la esquina hay un coche de policía civil. Si prometo comportarme bien, no me pondrán esposas.
Suena bien. La verdad es que no me apetece mucho salir esposado con toda la vecindad disfrutando del espectáculo.
No me dan tiempo para despedirme de los perros. La señora rubia sale primero y la sigo con el inspector De Oude respirando en mi nuca. ¡Cuánto público! Me siento como Michael Jackson. Pero: no son vecinos que me están mirando. Veo hombres en traje militar, un perro policía, gente con chaquetas con el logo de la ONIF, policía y algunos uniformes que no me suenan.
Estoy estupefacto, creo que hay al menos quince personas. Observando sus miradas, no cumplo del todo las expectativas. ¿Habrían esperado un gran delincuente enojado?
Caminamos por la cafetería de la esquina donde está aparcado un Volkswagen gris. Tengo que sentarme detrás y me dicen que las puertas no se abren desde dentro. La verdad es que tampoco se me ocurrió salir y hacer un sprint con el grupo de detención y su comitiva todavía delante de mi puerta.
Salimos de la calle de sentido único y De Oude me pregunta si conozco la ruta más rápida a la comisaría de Paardenveld. Algo sorprendido pregunto si, entonces, no es de aquí.
—No, venimos del norte del país, de Groninga.
—¿Groninga? ¿Tan lejos? —exclamo.
—Allí se hace la investigación.
Pongo los pies en el suelo y les indico la ruta a la comisaría de Paardenveld, ni diez minutos en coche. Entramos por la verja y aparcamos en un garaje. Desde allí paso inmediatamente a una especie de caseta de check-in. Allí está un policía que me pide vaciar los bolsillos. Pregunta si tengo objetos punzantes o algo con lo que podría lesionarse. Tengo que contenerme para no hacer bromas evidentes sobre algo ‘puntiagudo’ que podría hacerle daño y dejo que me cachee. De Oude y La Rubia están ahí y lo contemplan.
Después, los tres subimos unas escaleras y llegamos a un pasillo donde hay una decena de calabozos. Al final del pasillo abren la puerta de uno de ellos. Es para mí. Miro adentro. Un cuarto vacío con únicamente un banco con algunas revistas a la izquierda. Parece la sala de espera de una película de terror cutre donde va a entrar un dentista loco con un taladro. Las paredes son amarillentas y embadurnadas con lápiz, boli y rayones de llaves. Me parece una celda para estar temporalmente si te han pillado por algo pequeño. Me agrada.
Entro y el policía pregunta si me apetece un bocadillo y una taza de té o café.
—¡Esto es un buen servicio! —digo riendo.
Me puede ofrecer pan blanco o pan integral. Queso, jamón o crema de chocolate y además puedo elegir: sin o con mantequilla.
Pues, un té por favor y pan integral con crema de chocolate y mantequilla. Normalmente no como crema de chocolate y menos aún mantequilla. En el fondo soy un fanático del deporte y presto atención a lo que como, pero por algún motivo, hoy me permito pecar.
El señor De Oude le releva y me cuenta que de momento sigo aquí. Y que después de la investigación en mi casa, el juez de instrucción pasará para explicar una serie de cosas. Acto seguido me pregunta qué abogado tienen que contactar. Les doy el nombre de John van Loo, el abogado que defiende los intereses de mi padre desde hace ya diez años cuando los ayuntamientos le deniegan una y otra vez la solicitud de algún permiso. Me siento a gusto con él. Hace unos años me ayudó a evitar la quiebra de mi tienda de snowboard cuando económicamente no iba muy bien durante una temporada.
De Oude quiere saber si tengo preguntas. ¡Claro que sí!
—¿Solo me han detenido a mí o también a otros familiares?
—Con vistas a la investigación, no te puedo decir nada —me dice en tono ensayado.
Le cuento que el ibuprofeno para mi brazo está perdiendo efecto y si aquí lo tienen. Lo va a preguntar.
Se cierra la puerta y escucho como caminan por el pasillo. Silencio. No oigo nada de nada ni nadie. Parece que los demás calabozos están vacíos. Tomo asiento en el banco duro de hormigón y miro a mi alrededor.
Hmmm. Me suena. ¿Déjà vu? O... No... ¡Sí! ¡Conozco este calabozo! Si me acuerdo bien, hace unos diez años que pasé la noche en este calabozo. Una pelea en el cumpleaños de mi ex Bibi.
Un chico con pantalón rosa molestó a Bibi delante de la puerta de la discoteca De Filemón. Resultado: el pantalón rosa terminó en el hospital, yo en el calabozo, y Bibi se quedó sin polvo de cumpleaños. Me lo echó en cara durante mucho tiempo... ×
SERVICE
Contact
 
Vragen